Simpatía partidaria

Los partidos políticos están en crisis. Esta frase se viene repitiendo desde fines de la década de los 80 y en la práctica dio como resultado la aparición de la figura de los independientes (Ricardo Belmont llegó a la alcaldía de Lima en 1989 como resultado de esta situación) y de los outsiders (Alberto Fujimori que apareció pocos días antes de las elecciones). De allí para adelante cada elección ha ido confirmando la imposibilidad de los partidos políticos peruanos para superar esa crisis que tiene larga data.

¿Necesitamos partidos políticos?  Si tomamos en cuenta la legislación vigente, todos los cambios que se han hecho y los que se han propuesto, podemos llegar a la conclusión que hay un sector importante de nuestros líderes que cree que esta es la forma como debemos organizarnos. Es más, muchos han sugerido y/o apadrinado leyes destinadas a darles más poder a las organizaciones políticas que a los candidatos. Esta posición parte los partidos políticos, esto se debe a que no tienen suficiente control sobre quienes una vez llegados al cargo sienten que no deben rendir cuentas a nadie.

Todo hace pensar que tenemos crisis de los partidos para rato y que no hemos empezado a intuir siquiera una solución al problema de la representación. En Colombia también se ve reflejado la crisis, donde candidatos con partido político vigente prefieren ir “por firmas” para poder desarrollar un discurso más crítico y con ello tener más cercanía con el ciudadano.

En Ecuador, pese a los problemas existentes entre el actual presidente y el anterior, ambos del mismo partido político, las personas se siguen declarando simpatizantes de Alianza País de forma mayoritaria. Sin embargo, el debilitamiento los acecha.

En la mayoría de los países existen corrientes que tienen que ver con liderazgos fuertes. Así hablamos de tendencias como “El Uribismo”, “El Correísmo”, “El Evismo” y “El Fujimorismo” que polarizan y generan también fuertes sentimientos anti. Entre las muchas consecuencias que traen estas tendencias no ha estado la recuperación de la imagen de los partidos políticos, ni siquiera la que ellos lideran.

El buen funcionamiento de los partidos políticos debería canalizar las demandas ciudadanas. El problema aquí que las decisiones de estas agrupaciones tienen cualquier motivo menos el de resolver las preocupaciones de la gente. No sólo se trata de llegar al poder o de luchar por manejar una agrupación, sino de ofrecer propuestas y soluciones. Esto último parece que se ha olvidado en varios  países de América Latina, particularmente en el Perú.

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